HENRIETTE CAILLAUX & LA FRIOLERA

 


DE CÓMO EL MACHISMO LE SALVÓ LA VIDA

El caso de Henriette Caillaux (Enriqueta para los amigos) ilustra muy bien cómo no hay mal que por bien no pueda venir o --dicho más metafísicamente-- por qué es verosímil que Dios exista o --en abstracto-- cómo la divina providencia se disfraza de azar, o viceversa dependiendo de que sea Cuaresma o Carnaval...

Sucedió en 1914. La víctima fue Gaston Calmette, director del periódico francés Le Figaro, al que nuestra Enriqueta asestó seis disparos produciéndole la muerte casi instantánea. Dicen que el móvil principal fue el honor personal y el pánico a un escándalo político-sentimental. Gaston Calmette, el asesinado, llevaba meses orquestando una campaña feroz contra el esposo de Henriette: Joseph Caillaux, a la sazón nada más y nada menos que ministro de Finanzas de La douce France, o sea, ¡el que partía el bacalao! y figura clave de la corriente pacifista respecto a las tensas y prebélicas relaciones con Alemania.

Calmette acusaba a Caillaux de corrupción y de maniobras políticas turbias. Pero lo que impulsó a Henriette a acabar con la vida del director de Le Figaro no fue la política, sino el terror que sentía ante la posibilidad de que se publicasen cartas íntimas con que ella y Joseph se habían correspondido años atrás, cuando ambos estaban casados con otras personas, es decir, en flagrante relación erótica clandestina, adulterina. En la Francia de la época, la revelación de aquellas relaciones hubieran supuesto la destrucción de su reputación y de la carrera política de su esposo.


Por eso Enriqueta compró una pistola Browning, ensayó con ella en un campo de tiro y se dirigió a las oficinas de Le Figaro y, tras decirle a Calmette "usted sabe por qué estoy aquí" le disparó seis tiros, tras lo cual se sentó a la espera de que vinieran a detenerla.

Pero lo interesante fue lo que pasó durante el juicio, que duró una semana para entretenimiento de tertulias y disfrute de masas. La pena previsible para un asesinato con premeditación y alevosía podría haber sido la de muerte por decapitación, sin embargo, Henriette Cailloux resultó absuelta. 

¿Cómo? El habilísimo abogado Labori, que había defendido a Dreyfus y a Zola, argumentó crimen pasional y se agarró al prejuicio machista de que las mujeres son menos racionales que los varones. O sea, la fuerza de su "argumentario" --como se dice ahora-- dependió del prejuicio o error mayoritariamente aceptado de la "debilidad racional" de las mujeres. Tratándose de una señora, decía Labori, sus emociones la desbordaban. El jurado, exclusivamente masculino, se tragó la tesis y la declaró no culpable el mismo día en que el imperio austro-húngaro declaraba la guerra a Serbia.


El juicio fue lo que hoy llamamos "un espectáculo mediático" sin precedentes, aunque los mass-media de entonces eran mucho más escasos y lentos que los de ahora. La ciudadanía se dividió en dos polos o bandos irreconciliables. Unos veían a Enriqueta como a una heroína capaz de todo por preservar su honra y la de su familia; otros, como una bruja asesina.

Fernand Labori, el elocuente abogado, usó una estrategia tan eficaz como sexista. Su defendida no era una criminal, sino una víctima de su propia naturaleza femenina... 

"Vencidos por sí mismos", llama Platón a los "estragados en sus naturalezas", es decir, a los que se dejan tiranizar por sus pasiones (Leyes, VIII, 841b). Para que esta clase de seres humanos (para Platón pueden ser machos o hembras) no falten a la ley, el divino ateniense propone tres clases de fármacos o remedios: respeto a la divinidad (θεοσεβὲς), amor propio (φιλότιμον) y "la pasión nacida por los hermosos hábitos del alma en lugar de los del cuerpo" (841c).

Según Labori, la naturaleza femenina es especialmente incontrolable y presuponiendo que las mujeres son seres puramente emocionales, Madame Henriette, ante la presión de ver su honorabilidad amenazada, sufrió un trastorno momentáneo o locura transitoria tal que no fue ella quien disparó, sino su pasión... En siglos anteriores, podría haber argumentado que no fue ella, sino que fue el Diablo o un íncubo que la había invadido mientras dormía, quien compró el arma, ensayó su funcionamiento y disparó al director del periódico.


Puede que el poder del ministro de finanzas y esposo de la imputada contara en el sorprendente veredicto, y sin duda la puesta en escena del reo (o rea) también tuvo su importancia. Henriette se presentó en el tribunal de negro riguroso, desolada, frágil, con un emperifollado sombrero que hoy daría más bien que reír, hablaba con el juez con una soltura y tranquilidad propia de un salón ilustrado. 

De nada sirvió que se probase que había comprado ella misma el arma y que había practicado con ella antes de acudir a las oficinas del periódico. ¡El machismo impartió justicia y le salvó la vida! Muchos sospecharon que se habían dado traficos de influencias. ¿Era posible que no se dieran, tratándose de la mujer del más poderoso de los ministros? También pudo suceder que el juicio y sus morbos sirviesen de cortina de humo para distraer de los movimientos de tropas en los Balcanes que no presagiaban nada bueno y pasaron desapercibidos para la opinión pública (cuarto poder).

El juicio, no obstante, afectó a la historia de Europa y al destino político de Joseph Cailloux que como primer ministro hubiera podido negociar la paz con Alemania. Quedó marcado y con fama de derrotista. Henriette sin embargo sobrevivó a la guerra y vivió hasta 1943. Publicó varios libros sobre historia del arte, uno sobre la obra de escultor Jean-Antoine Houdon. No se sabe si se arrepintió de nada.

***

Vértigos intemporales. La Friolera

En uno de sus textos "Opinión de los visitantes", el poeta giennense Guillermo Fernández Rojano recuerda sus disparos, los de la pistola de Enriqueta, y la absolución por su "impulso femenino irracional", exculpación resuelta por aquel "respetable tribunal". Guillermo recuerda a la Cailloux bajo el rótulo de "Gélidas", bajo el título de "Vértigo", en el volumen Destrucción de los Puentes (Liliputienses, Isla de San Borondón, España 2022).


La Frileuse, alegoría del invierno de Jean-Antoine Houdon

Juan Antonio Houdon (1741-1828) fue, en escultura, figura cumbre del neoclasicismo francés. Muy conocido por sus bustos de enciclopedistas y personajes de la Iustración: Diderot, D'Alembert, Voltaire y Rousseau... De Houdon es la estatua de George Washington que se exhibe en el Capitolio.

Madame Cailloux había nacido a fines de 1874 y pasó su juventud en París cuando París era una fiesta. En una de esas celebraciones, con diecisiete años, conoció al ministro de Hacienda, político famosísimo y con 34 añitos. El director de Le Figaro acusaba al ministro de presionar a jueces a favor de un estafador al que debía dinero por su campaña electoral --nada que haya pasado de moda-- y de haber intrigado en el Parlamento para que desaprobara un impuesto sobre la renta del que se había prometido defensor --cambio de opinión y de principios, también frecuente en nuestros políticos hoy.

Enriqueta, socialité o influencer

La Wikipedia le atribuye a Enriqueta la siguiente ocupación: Socialité, Historiadora del arte. ¡Me sorprende y fascina lo de "Socialité"!, palabra que ha entrado en el diccionario español e inglés como préstamo del francés y que describe a una persona de clase alta que dedica su tiempo a la vida social activa, esto es, a su participación en eventos de calidad, galas, estremos, cenas solidarias, alfombras rojas... 

Una socialité es alguien que goza de visibilidad pública y de estatus social alto, y capaz de anudar una red compleja de contactos, una socialité conecta a personas de las que se pasean por los atrios de los grandes hoteles y la zona vip de los aeropuertos, las llamadas "celebridades", gente influyente que patrocina causas benéficas a la vez que puede colocar a cualquiera en empresas públicas o privadas. Las socialités sirven de embajadoras de marcas de lujo porque atren la atención del público y hoy pueden también describirse como "generadoras de contenido" digital, como "it girl" o "influencer de luxe".

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